Un reconocimiento a la neurobiología moderna 
- Los especialistas se felicitan por el Premio Príncipe de Asturias de Ciencia 2011
- Altman, Álvarez-Buylla y Rizzolatti han revolucionado el estudio del cerebro

Durante décadas, uno de los pilares básicos de la neurobiología fue la incapacidad de las células nerviosas de regenerarse. Pero los trabajos de Joseph Altman, primero, y de Arturo Álvarez-Buylla, más tarde, han derribado este dogma y han abierto una nueva ventana al estudio del cerebro. El Premio Príncipe de Asturias ha reconocido su crucial aportación a este campo, junto a la labor de Giacomo Rizzolatti, descubridor de las neuronas espejo.

"El premio es absolutamente merecido, en tanto que [los premiados] han cambiado el paradigma de la neurociencia moderna", explica el doctor Juan Barcia, jefe del servicio de Neurocirugía del Hospital Clínico de Madrid.
"Que las neuronas eran incapaces de regenerarse era prácticamente un dogma", explica este especialista que ha trabajado un mes con el mexicano Álvarez-Buylla. "Su descubrimiento de las células madre neurales da pie a diseñar estrategias de 'reparación' impensables hasta ahora", añade. Y aunque fue Altman el primero en sugerirlo ("en los años sesenta se rieron de él"), Álvarez-Buylla es quien ha abierto la puerta a la posibilidad de emplear este conocimiento de manera clínica.
"A finales de los 80, Arturo [Álvarez-Buylla] empezó a plantearse que había que indagar más en la neurogénesis adulta en humanos", explica José Manuel García Verdugo, catedrático de Biología Molecular de la Universidad de Valencia, que es coautor de más de 60 estudios con el mexicano.
Su investigación -que desarrollan juntos desde mediados de los 90- "fue el golpe de gracia porque ha demostrado la existencia de las células madre neuronales, ha determinado dónde están y, además, ha identificado las señales que actúan sobre ellas y los canales que siguen", destaca García Verdugo.
Regeneración, envejecimiento y tumores
Antes, "se pensaba que las células madre eran cosa de embriones", indica por su parte el doctor Jorge Matías-Guiu, vicepresidente de la Sociedad Española de Neurología (SEN), "pero con su descubrimiento en el cerebro adulto Altman y Álvarez-Buylla abrieron la puerta a la neurogénesis adulta; un campo con enorme futuro". En el caso del investigador de origen asturiano, explica Matías-Guiu, estos conocimientos también se están aplicando al terreno de los tumores cerebrales: "Existe la hipótesis de que los gliomas no tienen su origen en las células neurales adultas, sino que son un tumor originado en células madre cerebrales".
Como resume García Verdugo, "la relevencia de estos trabajos es triple. Por un lado, está la capacidad regenerativa de las células madre, por otro, su implicación en la aparición de tumores cerebrales y, además, que su agotamiento parece estar relacionado con el envejecimiento".
A pesar de los grandes avances en el conocimiento de estas células madre, "aún estamos en los primeros compases", asegura el investigador valenciano. Pero, "el día que aprendamos a hablar con ellas, muchas enfermedades serán, probablemente, un problema mucho menor".
Juan Barcia coincide con esta idea: "Ahora que sabemos que por algún motivo el cerebro reprime ese mecanismo normal de regeneración de las células neurales, podemos intentar facilitar esa regeneración para tratar patologías como el ictus, el Parkinson o el Alzheimer". "Igual que el XX fue el siglo de la física, el XXI será sin duda el de las neurociencias", apunta Constantino Sotelo, neurocientífico del Instituto de Neurociencias de Alicante, que conoce personalmente a los tres premiados.
Aunque alaba la trayectoria de todos ellos, asegura no comprender por qué la candidatura agrupaba sus investigaciones. "Los trabajos de Altman y Álvarez-Buylla sí tienen puntos en común, pero Giacomo Rizzolatti ha aportado avances importantes en un área distinta de la suya", señala.
De hecho, considera que el premio también debería haber reconocido la labor del neurocientífico de la Universidad Rockefeller (EEUU) Fernando Nottebohm, cuyo papel para probar definitivamente la existencia de la neurogénesis "ha sido fundamental".
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Salvar a las madres perdidas de Sudán del Sur
Futuras madres esperan a ser atendidas en el hospital de Aweil.| AFP | Phil Moore
Hospital de Aweil (Sudán)
El recién nacido no tiene aún nombre oficial, pero su llegada al mundo supone una pequeña victoria sobre las abrumadoras estadísticas de su futuro país, porque su madre ha sobrevivido.
Amawadia Adem, en la treintena y ya madre de tres niños, acaba de dar a luz a su cuarto hijo en el Hospital de Aweil, capital del estado de Nord Bahr el-Ghazal.
El parto parece una mera formalidad para Amawadia, que se sienta como si nada en la camilla y da a luz sin una mueca de dolor a una pequeña arrugada.
Unos instantes más tarde, Janet Fields, comadrona de Médicos Sin Fronteras, se da cuenta de que la joven madre, comienza a sangrar abundantemente. "La hemorragia postparto es la primera causa de muerte maternal", explica Fields, haciéndose cargo inmediatamente del problema de su paciente.
El próximo mes de julio, Sudán del Sur se convertirá oficialmente en el país número 193 del planeta. Desafortunadamente, esta región del mundo tiene una de las peores estadísticas de mortalidad.
Muerte en el parto
Azotado por una interminable guerra civil que entre 1983 y 2005 acabó con la vida de casi dos millones de personas, este país ve morir a una de cada siete mujeres a causa de problemas relacionados con el embarazo o el parto, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS).
La malnutrición, las enfermedades y la falta de personal y equipamiento médico contribuyen a hacer de Sudán del Sur uno de los peores lugares del planeta para ser madre.
El hospital de Aweil es la única estructura hospitalaria de Nord Bahr el-Ghazal.
Según Médicos Sin Fronteras, la mortalidad materna -que ronda el 14% en Sudán del Sur- ha podido reducirse al 0,6% en el hospital de Aweil gracias a la intervención de esta ONG.
En la sala de partos, la hemorragia de Amawadia está bajo control: "¡Aleluya!", exclama Janet, levantando su dedo pulgar como signo de victoria. En el pueblo, sin la asistencia adecuada, "Amawadia estaría simplemente muerta", señala esta comadrona.
La creciente utilización de la maternidad del centro sanitario muestra que los hábitos están cambiando. "Es un gran cambio (...). Antes, las mujeres no recibían ningún cuidado", explica la responsable del servicio, Alice Gune Patumayo.
Fuera, cerca de 200 mujeres embarazadas esperan a la sombra de un toldo de tela. Todas desean poder dar a luz en el centro. Las mujeres "conocen cada vez más la existencia de este lugar. Algunas han caminado durante horas o han viajado durante dos días en coche para venir", señala otro responsable de la maternidad, Joseph Atak Bol. El gobierno de Sudán del Sur ha hecho un llamamiento a las ONG para reducir las tasas de mortalidad maternal e infantil en el país.
El Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), entre otros organismos, ha puesto en marcha un proyecto que contempla el uso de motocicletas con sidecar para transportar a las embarazadas a centros sanitarios apropiados.
"Estaba en el campo. El niño venía y yo quería dar a luz en el pueblo con una comadrona", recuerda Anguet Aten, madre del pequeño Akol. "El parto no marchaba bien, así que decidí venir a la maternidad. La próxima vez vendré directamente al centro sanitario", asegura.
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La muerte por suicidio deja tras de sí muchas preguntas: ¿por qué lo hizo? ¿Podíamos haberlo evitado? ... Por más que lo intentas, no consigues entender las razones que le llevaron a quitarse la vida. Procura no atormentarte demasiado buscando el porqué, y con el tiempo algunas respuestas irán saliendo a la luz.

Es frecuente también un sentimiento de vergüenza, que lleva a no querer hablar de las circunstancias de la muerte. Algunas personas necesitan mucho tiempo solamente para pronunciar la palabra suicidio. Seguramente te invade también un sentimiento de culpabilidad. Te puedes sentir mal por algo que dijiste o hiciste. La sensación de culpa es algo perfectamente normal después de una muerte de estas características. Uno se reprocha el no haberse dado cuenta de lo mal que estaba... y suele quedar una fuerte sensación de no haber sabido cuidarle. Piensa que con el tiempo, pasarás simplemente a lamentar algunas cosas del pasado, y que llegará el día, en que sólo quede un sentimiento de impotencia ante la muerte.
Después del suicidio de un ser querido, puede ser natural sentir mucha rabia y enfado hacia la persona que te abandonó (¡Cómo has podido hacerme esto!), hacia Dios que no hizo nada por impedirlo, y hacia todos los que han podido contribuir directa o indirectamente en la realización de esta acción desesperada. La rabia es un sentimiento pasajero, y como tal, irá disminuyendo. Mientras tanto, busca formas positivas de canalizar tu cólera, sin autocastigarte y sin herir inútilmente a otras personas.
Si tu ser querido era una persona depresiva o había realizado varios intentos de suicidio es muy natural que se den a un mismo tiempo sentimientos aparentemente contradictorios: por un lado una gran tristeza por su pérdida, pero también un gran alivio porque todo ha terminado; ya no habrá que preocuparse más porque lo peor, lo más temido ya ha pasado. Convivir durante años con una persona que sufre así es muy doloroso para todos.
Recuerda que no pudiste elegir por él o por ella, y que la decisión del suicidio fue enteramente suya. Acepta también que a pesar de lo que hayas podido decirle, tus palabras no han tenido nada que ver con su decisión.
A medida que la tormenta de emociones vaya calmándose, surgirá poco a poco la aceptación. Date tiempo para llegar allí, un duelo por suicidio necesita más tiempo para sanar. Se paciente contigo mismo y verás el día que aceptes su elección.
Si sientes deseos de quitarte la vida, no esperes, y antes de que puedas hacer algo irreversible, acude a un profesional que te ayude a buscar alternativas y a utilizar todos tus recursos personales para salir adelante.
El sufrimiento puede enseñar a dar un nuevo sentido a la vida, a cambiar tus valores y tus prioridades. Quizás ahora te parezca imposible, pero irás encontrándote mejor, serás capaz de perdonar, y llegara un día en que podrás decir que la vida continua y que te sientes feliz por estar vivo.
En duelo después de un suicidio
Como seres humanos nos cuesta aceptar que somos mortales, y cada vez que la muerte nos golpea, parece como si fuera la primera vez. Cada duelo es único. No hay jerarquías en el mundo del dolor. Cada uno vive su duelo a su manera.
El proceso dependerá de las relaciones afectivas previas con el difunto, de las circunstancias de la muerte y de la forma de ser del que se queda. Dependiendo de cada caso, el "trabajo de duelo" que es necesario realizar será más o menos difícil, más o menos largo. Cuando se trata de un suicidio, se ponen en juego determinadas circunstancias que pueden llevar a la persona en duelo hacia dificultades particulares.
La muerte parece que ha hecho trampa: se ha llevado a alguien a quien todavía no le había llegado la hora. Se trata de una muerte para la cual uno generalmente no se ha podido preparar y en la que el propio fallecido es el autor. El suicidio se vive como una trasgresión de las leyes naturales, una trasgresión estigmatizada desde antiguo por la sociedad, las leyes y las religiones.
La persona en duelo se va a ver inmersa en una situación especialmente agotadora. Agotadora porque no comprende, porque duda incluso que haya podido ser así, porque se rebela contra Dios o contra el destino, contra el hecho mismo del suicidio. Agotadora porque se siente culpable "si lo hubiera sabido, si me hubiera dando cuenta, si...si...si...". Se puede sentir también asediada en cualquier momento por las imágenes traumáticas de la muerte. Quizás no encuentre tampoco en su entorno la ayuda que hubiera recibido de tratarse de una muerte por accidente o enfermedad.
El suicidio de un ser querido provoca un estado de shock emocional, especialmente si no existía ningún indicio de que pudiera ocurrir. Este estado puede durar horas, días, incluso más tiempo. No es posible por el momento asimilar todo el dolor, toda la carga de emociones. Esta muerte tan repentina, tan dramática, tan violenta sumerge durante un tiempo en un estado de intensa perturbación a todas las personas cercanas al fallecido.
El suicidio es vivido como un autentico seísmo. Pero pasado esos primeros momentos, estas reacciones perfectamente naturales y compresibles, darán paso al trabajo de duelo, un tiempo largo y doloroso, pero también necesario.
Todo suicidio tiene su parte de misterio. Para comprender a la persona que se ha suicidado tendríamos que ser ella. Y ni siquiera en ese caso, ya que ni ella misma sería seguramente consciente de la causa profunda, incluso secreta de su sufrimiento.
Todo lo que podemos decir es que se ha suicidado porque estaba en un estado de sufrimiento tal que la vida se había vuelto intolerable. Para poner fin al sufrimiento, para que éste cesara, no encontró otra solución que quitarse la vida.
Querer comprender más allá, solo sirve para torturarse, es hacerse preguntas que corren el riesgo de no encontrar jamás una respuesta. La crisis suicida puede tener varios significados; obedece a varias causas, es evolutiva y se vive en lo más íntimo de la persona.
Admitir que la persona que se ha suicidado se ha llevado con ella su parte del misterio, y que más que juzgarla, se trata de esforzarse en aceptar que no podremos nunca comprenderlo todo.
Poder mantener hacia ella nuestro aprecio y nuestro amor es superar ya una etapa, y es una señal de que el duelo evoluciona adecuadamente.
Si después de la muerte de un ser querido es frecuente sentir deseos de reunirnos con él, en caso de suicidio esto es particularmente cierto. La persona en duelo está en un estado de gran sufrimiento. El que ha muerto nos ha indicado con su conducta que existe una "puerta de salida" a la angustia. Nos ha mostrado de alguna manera un ejemplo que podemos estar tentados de seguir.
Es frecuente encontrar en uno mismo semejanzas con la persona fallecida; tenemos tendencia a identificarnos con ella: "nos parecemos tanto". Hemos podido estar tan unidos a esa persona, que pensamos que no podremos vivir sin ella. Estos sentimientos suelen ser un terreno abonado para que crezcan en nosotros ideas suicidas.
Estos deseos no tienen nada de excepcional. No tienen que asustarnos. Suele ser habitualmente una fase temporal dentro del camino del duelo que ira cediendo poco a poco con el paso del tiempo.
Después de un suicidio no nos identificamos solamente con aspectos negativos de la persona fallecida, podemos también hacer nuestros ciertos rasgos físicos y/o cualidades morales del que ya no está. Es una de tantas maneras de conservar los recuerdos y prolongar la historia de la familia.
La primera actitud ante la muerte es el rechazo. Esta es una reacción universal y normal.
¿Podemos aceptar el suicidio? ¿Cómo no vamos a rechazarlo con todas nuestras fuerzas? Hasta muchos años después, en determinados momentos, nos puede resultar todavía difícil de creer. Pero por otro lado, es imposible negar la terrible realidad. La posibilidad del suicidio puede resultar a veces insoportable, y podemos aferrarnos a otras hipótesis, sobretodo cuando las circunstancias de la muerte nos pueden hacer pensar en un accidente o en un homicidio.
En algunas personas, el rechazo de la realidad del suicidio no cede con el tiempo, se agrava y puede llegar a convertirse en un estado de negación permanente. El trabajo de duelo se bloquea y puede aparecer una depresión prolongada y otras complicaciones.
El rechazo y la negación hay que respetarlos entendiéndolos como signos de un gran sufrimiento. Normalmente van cediendo con el paso del tiempo.
El suicidio provoca rabia. Es normal sentirse enfadado, enfadado con el destino "es injusto morir así", enfado hacia todos aquellos que consideramos de alguna manera responsables, enfado hacia la sociedad, a veces hacia Dios "¿cómo ha podido permitir semejante tragedia?" La rabia y el enfado pueden dirigirse también hacia el propio fallecido. El suicidio puede vivirse como una traición, como una falta de amor, como una falta de responsabilidad, como una debilidad: "Cómo ha podido hacer esto".
La rabia es una reacción habitual en el duelo después de un suicidio. Si no nos permitimos vivir hasta el final este sentimiento cuando aparece, corremos el riesgo de que surja de nuevo más adelante complicando el duelo.
La rabia suele aparecer mezclada con otros sentimientos como la pena, el amor, el apego. Por eso la persona en duelo suele buscar la manera de reprimirla, de taparla, al considerarla "inadecuada", cuando en realidad es una emoción normal y en absoluto reprochable.
El suicidio, aunque haya habido señales previas de alerta, es vivido por los allegados como una verdadera hecatombe. Cuando un hijo se suicida, sus padres temen por sus hermanos, como si el suicidio fuera de alguna manera contagioso. El miedo a que pase otra desgracia es frecuente.
Los hijos que han perdido a sus padres por suicidio tienen a veces miedo de llegar a hacer lo mismo que ellos cuando tengan su misma edad. Cualquier duelo importante y especialmente después de un suicidio, puede menoscabar nuestra confianza en la vida y en el futuro.
Con cada dificultad que aparece, la persona en duelo suele tender a esperar lo peor. Con el paso del tiempo este miedo a vivir se va atenuando
Aunque casi todas las religiones reprueban el hecho del suicidio, ya no condenan como antes a la persona que se suicida. En oro tiempo, quitarse la vida era considerado una trasgresión de las leyes sociales y religiosas. Desde los orígenes de la humanidad el suicidio ha sido considerado como una mala muerte, creándose distintos rituales de purificación para el grupo social.
En la Iglesia Católica, los funerales para personas que se habían suicidado están admitidos desde 1963. La justicia tampoco fue mucho más indulgente, hasta la revolución francesa se acostumbraba a infringir al cuerpo del suicidado una especie de segunda muerte. Aunque hoy en día estas costumbres han cambiado, las actitudes que había detrás han dejado su huella.
Todo esto muestra que existe un halo de vergüenza que rodea al hecho del suicidio. Esto puede contribuir a que la familia, en un entorno muy conmocionado por esta muerte, no encuentre todo el apoyo que hubiera podido necesitar. Esto solo puede contribuir a hacer el duelo más difícil si cabe.
Afortunadamente nuestra manera de pensar va evolucionando, cada vez se habla más de lo que hasta hace poco no era más que un tabú, y la manera como nuestra sociedad mira el suicidio se va liberando poco a poco de los lastres del pasado.
Los sentimientos de culpabilidad suelen ocupar una gran parte de las vivencias de cualquier persona en duelo. Son más intensas cuando se trata de una muerte por suicidio, y todavía más intensas si cabe cuando se trata de una persona joven.
Es frecuente dejar de lado todos los buenos recuerdos, así como todo lo que hemos hecho de bueno y positivo por esa persona. Es perfectamente natural que no se nos pase por la cabeza la posibilidad del suicidio cuando una persona cercana está pasando por un mal momento, y menos todavía si no lo menciona para nada.
Solo a posteriori podremos encontrar sentido o explicación a palabras y comportamientos de la persona fallecida, que de ninguna manera hubieran podido ser interpretados de la misma manera en aquel momento.
A menudo el suicidio ocurre después de un tiempo, a veces muy largo y agotador, de dificultades de todo tipo, tanto para la persona que se suicida como para su familia y allegados. Otras veces el suicidio ocurre de manera brutal e imprevista, haciendo el duelo especialmente difícil. Las dificultades previas pueden ser muy variadas, pero en general suelen ser consecuencia de una enfermedad, frecuentemente una depresión.
El suicidio de una persona depresiva, a menudo después de varias tentativas más o menos graves, es una experiencia muy dolorosa y desgarradora, pero que suele acompañarse también de un sentimiento de al menos ahora ya no sufre más, que ya ha descansado. .
Todos los que han vivido y sufrido con él y por él tanto dolor, experimentan también un sentimiento de alivio con la muerte. Es un sentimiento generalmente difícil de aceptar en su propio corazón, y especialmente difícil de expresar delante de otros. Este sentimiento de alivio puede aumentar también la culpabilidad.
Es normal sentir alivio después de cualquier experiencia difícil. Eso no significa un menosprecio a la persona fallecida, simplemente deja constancia de que lo vivido ha sido especialmente duro.
¿Y el dolor?. Ese dolor tan intenso, aunque es normal, resulta muy duro de llevar en el día a día. Ese cansancio y esta sensación de agotamiento se suman al propio sufrimiento por el dolor de la pérdida y constituyen lo que se llaman síntomas depresivos del duelo. En todo duelo importante hay que atravesar por esta fase depresiva. Esta suele ser más intensa y prolongada después de una muerte por suicidio.
En esta situación no es raro descuidar la propia salud, enfermarse con más facilidad, incluso tener ideas negras. Guardarse todo para uno no es la mejor solución en estos momentos. Desahógate, llora, grita ... Deja que las emocionen salgan, no las pares, que digan lo que tiene que decir, déjalas salir hasta que te vaya pudiendo el cansancio, descansa entonces.

Al luchar contra el sufrimiento solo consigues aumentarlo y prolongarlo. Es mejor no resistirse al dolor, abandonarse a él.
Después de una muerte por suicidio suele ser necesario algún tipo de ayuda para poder superar esta fase de depresión. Algún soporte profesional puede ser de gran ayuda, incluso si existe un buen apoyo de la familia, amigos, etc. En algunos casos también puede valorarse como necesario la ayuda de medicamentos.
Después del suicidio de un ser querido un doloroso sentimiento de soledad se puede ir apoderando poco a poco de nosotros. Los más cercanos tienen tendencia a replegarse sobre ellos mismos y a vivir la enorme pena que sienten en familia, desligándose sin darse cuenta de la vida social que llevaban hasta entonces.
Otros familiares, los amigos, los vecinos no saben muy bien qué hacer, qué decir.
Sin embargo suele ser reconfortante encontrar personas que te demuestran su preocupación y su deseo de ayudarte sin ni siquiera habérselo pedido. Hasta parece que esas ocasiones todo sea más fácil.
La mayoría de las veces las personas quieren ayudar pero no saben cómo. No se atreven, tienen miedo de herirte, y terminan muchas veces por no hacer ni decir nada. Es bueno aprender a pedir ayuda. Aceptar una invitación para salir y distraerse suele resultar difícil, especialmente al principio: pasar un rato agradable puede vivirse como una traición hacia la persona muerta. Pero estos encuentros nos suelen hacen bien.
El suicidio es una violencia extrema. La persona que se suicida ejerce sobre si misma una violencia que destruye su cuerpo, maltratando su imagen, su identidad. Inconscientemente ejerce también violencia en las personas que ama, infringiéndoles una herida profunda e imborrable.
Tenemos que vivir con esta violencia que parece se haya quedado grabada en nosotros. Si hemos encontrado el cuerpo, y especialmente si este estaba lesionado o desfigurado, nos pueden asaltar imágenes traumáticas. Estas imágenes pueden aparecer también aunque solamente nos hayan relatado lo sucedido.
Estas imágenes, que pueden aparecer igualmente en los sueños, constituyen a veces un obstáculo en la evolución del duelo. Cada vez que pensamos en la persona que se ha suicidado estas imágenes irrumpen en nuestro pensamiento y en nuestro corazón. Solamente con el paso del tiempo, y si hemos podido hablar de ello, otros pensamientos y recuerdos más felices irán sustituyendo a éstos.
Es necesario llegar a poner palabras a estas imágenes traumáticas y si es posible expresarlas a una persona de confianza para poder avanzar adecuadamente por el camino del duelo.
En este tipo de muertes el juez suele ordenar una investigación. Esto podemos vivirlo como un dolor añadido. Esta investigación permite saber con certeza las causas de la muerte, precisar las circunstancias que la rodearon y eliminar otras posibles hipótesis.
En las semanas siguientes pueden surgir muchas preguntas, a veces incluso de manera obsesiva. Se le da vueltas a lo que pasó justo antes de la muerte y pueden asaltar las dudas. El resultado de la propia investigación suele disiparlas. La presencia de la policía no es indicativa de ninguna sospecha, su labor es simplemente reunir las pruebas materiales y los testimonios que permitan conocer mejor las circunstancias personales y administrativas relacionadas con el suicidio.
El cuerpo de su ser querido tiene que ser trasladado a un servicio de medicina forense para que se le realice un examen o una autopsia. El cualquiera de los dos casos se trata de un examen médico donde prima siempre el máximo respeto al cuerpo de la persona fallecida. Estos exámenes son también necesarios para confirmar las causas de la muerte y permiten asimismo apreciar la existencia de posibles enfermedades.
Pasadas unas semanas después del fallecimiento el médico forense podrá gracias a las pruebas realizadas responder algunas dudas.
Frecuentemente el suicidio esta rodeado de un halo de silencio. No se sienten ganas de hablar de ello y se percibe que los demás tampoco quieren que se les hable sobre lo sucedido. Y sin embargo HABLAR TE SIRVE DE DESAHOGO.¿Con QUIEN hablar, pues?
La actitud más natural sería hablar primero con la propia familia, con aquellos que sentimos más cercanos. A veces esto no es posible, bien porque existen tensiones o conflictos anteriores, o bien porque cada uno busca de alguna manera con su silencio proteger a los demás.
Se puede hablar entonces con un amigo de confianza, alguien que pensemos que pueda escucharnos con interés y delicadeza, sin juzgarnos ni a nosotros por lo que decimos y sentimos, ni tampoco a la persona fallecida.
Podemos también hablar con un médico de confianza. El nos escuchará y podrá orientarnos, si es necesario, hacia algún especialista. También podemos hablar con un sacerdote o acompañante espiritual.
Existen también asociaciones que se dedican a escuchar, acoger y acompañar a personas que sufren la pérdida de un ser querido. Están formadas por profesionales y voluntarios especialmente preparados para escucharnos y orientarnos en el proceso de duelo.
No lo olvidaré nunca... pero la vida continua
En otro tiempo, el duelo y el luto venían en gran parte determinado por convencionalismos sociales. Hoy en día, las costumbres y los rituales en torno a la muerte están desapareciendo dificultando la vivencia del duelo. Esto hace que muchas familias tengan que encontrar su propio camino. Hay que dejar pues tiempo al tiempo.
La duración del trabajo interior del duelo es variable. El duelo después de un suicidio puede durar años.
Sus particularidades multiplican los obstáculos que pueden encontrarse. Se puede sufrir todavía bastante durante el segundo y tercer año, incluso más tarde, y esto no tiene nada anormal. No sería una razón suficiente para considéralo como un duelo patológico, se trataría simplemente de un duelo más difícil.
Progresivamente la carga afectiva va disminuyendo; no se olvida lo que ha ocurrido pero el tiempo va haciendo su papel. El dolor se va calmando. Ocurre lo mismo que con una herida, ésta cicatriza muy lentamente. Pero la cicatriz también queda, y puede molestar de vez en cuando. Así se explica porque a veces duele, especialmente en aniversarios y celebraciones, o simplemente cuando se mira una foto o una prenda de vestir. Pero ahora, cuando se evoca al ser querido, el dolor es más suave, es más como una nostalgia honda.
Y se va haciendo posible volvernos de nuevo hacia la vida, iniciar poco a poco nuevas relaciones, nuevos apegos. Amar otra vez la vida no quiere decir olvidar al otro.
Conjugando los recuerdos con las realidades del momento, el presente y el futuro se enriquecen con la evocación del pasado.
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Duelo, segun el diccionario de la lengua, significa, dolor, lastima, sentimientos penosos, que son la expresión del dolor por la muerte de un ser querido o perdida de un ser amado.
Cuando se muere una persona querida sea un amigo, un familiar o un ser querido se producen intensos sentimientos de tristeza, dolor, aturdimiento, rabia y a veces hasta alivio, que son incluso contradictorios para el que los padece, generando muchas veces sentimientos de culpa.
Esto debe ser elaborado psiquicamente, como una nueva realidad aceptandolo haciendo a traves de lo que se llama el "trabajo de duelo".Hacer el trabajo de duelo consiste en llorar la muerte del ser querido, la perdida del ser amado, hablar sobre la persona que ha muerto, con la ayuda de familiares y la ayuda de conocidos, todo el tiempo que haga falta.
En esta sociedad que vivimos esta prohibido hacer el duelo por la perdida de un ser amado o muerte de un ser querido, ya que hay que vivir produciendo y haciendo cosas para seguir trabajando y consumiendo.
Pareceria que no se le deberia dar lugar a la pena, a la tristeza, al dolor, incluso a la depresion, logica por otra parte, por la muerte de un ser amado o la perdida de un ser querido.
Por eso algunas personas le dicen como ayuda al que esta de duelo porque ha perdido un ser querido "hay que ponerse las pilas", como si el ser humano fuera un muñequito sin sentimientos y sin recuerdos. "Ponerse las pilas", inmediatamente significa que hay que negar el dolor de la perdida de un ser amado y querido y por lo tanto no realizar el proceso del duelo adecuadamente. Tambien se niega el impacto que produce la muerte de un ser querido o de alguien relacionado a la persona que fallecio. Negar el limite de la vida humana, como algo inherente a la misma, impide disfrutar y cuidarnos cuando estamos bien. No tener conciencia de la propia muerte y nuestro temor a ella crea sintomas psicosomaticos, ansiedad, temores aparentemente injustificados ademas de depresion.
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Muerte de un Ser Querido - Perdida de un Ser Querido

Cuando muere un familiar o un ser querido y no se realiza el trabajo de duelo, la persona despues de trascurrido un tiempo de la perdida del ser querido, puede empezar a padecer enfermedades psicosomaticas o se incrementan sintomas de enfermedades pre-existentes, como artrosis, hipertension, trastornos alimenticios, como obesidad, anorexia, etc.
A nivel psicologico puede a parecer aun tiempo despues de la muerte de un ser querido un cuadro de ansiedad, angustia, insomnio incluso depresion.
En el ambito familiar pueden aparecer o agravarse problemas de la pareja o la familia, produciendose separaciones y divorcios ya que se ha alterado el equilibrio del sistema familiar y el dolor que se experimenta por la perdida del ser querido, es vivido de una manera trastocada como hostilidad y agresion.
Tambien la tristeza o depresion que no se siente concientemente por la muerte de un ser amado puede llevar a la busqueda de situaciones diferentes como infidelidad, alcoholismo o drogadiccion, para olvidar el trauma sufrido.
Otra consecuencia familiar negativa es el maltrato hacia los hijos o la pareja atribuyendoles la culpa de lo que le sucede al sujeto.
Tambien el dolor no expresado por una muerte significativa de un ser amado y querido se puede manifestar en problemas laborales, ya que la persona esta deprimida o sin fuerzas y lo atribuye a la supuesta monotonia de su trabajo, no cumpliendo o manifestando rebeldia ante situaciones que nunca fueron conflictivas.
Tambien respecto a sus amistades se puede encerrar y pensar que nadie lo quiere ni lo comprende, produciendole aislamiento, tristeza, mas dolor y soledad, creandose un circulo vicioso que no se puede superar sin ayuda.
Tambien puede manifestar perdida de ganas de estudiar o de concurrir a sus actividades habituales como hacer gimnasia o cultivar sus hobys.
Todo lo anterior genera sintomas de angustia, tristeza, ansiedad, sintomas fobicos, ataques de panico, y luego depresion.
Es necesario poder expresar los sentimientos negativos, llorar, hablar del ser querido que ha muerto y de lo que compartimos con el ser querido, los recuerdos buenos y aun los dolorosos de los ultimos dias del ser amado. Si esto no se puede realizar con los familiares o el dolor es muy intenso es probable que se necesite ayuda profesional para elaborar la perdida, superar la tristeza y ademas para ser tratada la angustia, la ansiedad y superar la depresion.
- El duelo es la expresion del dolor por la muerte de un ser querido.
- Hacer el duelo consiste en llorar hablar sobre la muerte del ser querido con familiares y conocidos todo el tiempo que haga falta.
- Cuando se produce la muerte un ser querido se producen intensos sentimientos de tristeza aturdimiento, rabia y a veces hasta alivio que son incluso contradictorios para el que los padece generándole muchas veces sentimientos de culpa.
- En esta sociedad que vivimos esta prohibido hacer el duelo, ya que hay que vivir produciendo y haciendo cosas para seguir trabajando y consumiendo.
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EN ENFERMOS DE ESCLEROSIS MÚLTIPLE
La pérdida de memoria sí se puede frenar
- Estar mentalmente activo mantiene la 'reserva cognitiva' en estos enfermos

Actualizado martes 15/06/2010 P.MATEY
MADRID.- Nadie pone en duda que seguir una vida mentalmente activa protege de la pérdida de memoria y del deterioro cognitivo en personas sanas y enfermas. Sin embargo, para los afectados de Esclerosis Múltiple (EM) haberla ejercitado y seguir manteniéndola puede ser determinante a la hora de retrasar la pérdida de recuerdos. Un estudio confirma que los enfermos que 'ejercen' su mente están más protegidos contra la pérdida de memoria y las dificultades de aprendizaje que con frecuencia se asocian a la enfermedad.
Tal y como recuerda Charo Blasco, neuróloga del Hospital Universitario Puerta de Hierro de Majadahonda, "el deterioro cognitivo en pacientes con múltiple es un hecho conocido, aunque no siempre bien cuantificado. Hay estudios que hablan de una prevalencia de este deterioro van del 45% al 70%. Esta nueva investigación no es más que la constatación mediante un pequeño ensayo clínico de un hecho conocido y evidenciado en otras formas de demencia, como el Alzheimer".
El conocimiento de esta realidad ha llevado ya a asociaciones de enfermos españolas a ofrecer talleres para 'preservar' la memoria. Es el caso de la Asociación Balear de Esclerosis Múltiple (ABDEM). Enric Brunet, miembro de la misma, aclara a ELMUNDO.es "que desde el inicio de la creación de la asociación contamos con un programa de neurorehabilitación que bien se realiza en grupos o de forma individualizada, si el enfermo está muy afectado. El objetivo es ayudar al mantenimiento de las capacidades mentales para lograr la funcionalidad en la vida cotidiana".
La prueba
La nueva investigación, publicada en el último 'Neurology' , ha sido llevada a cabo por James Sumowski, del Centro de Investigación de la Fundación Kessler, en New Jersey (EEUU), y su equipo. Los científicos contaron con la participación de 44 enfermos de EM, con una media de edad de 45 años, que padecían la enfermedad desde hacía 11. Así, y en todos ellos, midieron el 'enriquecimiento' verbal, obtenido generalmente a través de actividades que implican la lectura y la educación. Asimismo, y en todos ellos, se midió la atrofia cerebral mediante pruebas de imagen con Resonancia Magnética (RM).
El estudio encontró que aquéllos con un estilo de vida mentalmente activo obtenían una buena puntuación en las pruebas de aprendizaje y de memoria, incluso a pesar de tener mayor daño cerebral asociado a la enfermedad. La prueba consistió en conceder a todos los participantes hasta 15 intentos para aprender una lista de 10 palabras, y se les pidió recordarla a los 30 minutos. Entre las personas con estilos de vida activos mentalmente, tanto el aprendizaje de las mismas como su recuerdo fue similar en los que tenían mayor cantidad de daño cerebral (observado en la RM) como en los que poseían menos zona cerebral 'perjudicada'. De hecho el recuerdo o a la hora de declinar las palabras se redujo tan sólo en 1%. Por el contrario, y en comparación con ellos, aquéllos que no ejercitaron su mente, tuvieron un aprendizaje más lento y la enumeración de las palabras se redujo en un 16%.
"Muchas personas con EM luchan contra los problemas de aprendizaje y memoria. Este estudio muestra que un estilo de vida activo mentalmente podría reducir los efectos nocivos de daño cerebral en ambas capacidades. Es decir, el aprendizaje y la capacidad de la memoria sigue siendo bastante bueno en las personas con estilos de vida enriquecedora, aunque se produjera una gran cantidad de daño cerebral. Por el contrario, las personas con estilos de vida cognitivamente pasivos eran más propensos a sufrir los problemas de aprendizaje y memoria", aclara el autor principal de la investigación.
A lo largo de la vida
Para la doctora Blasco, "es un hecho conocido hace mucho tiempo y no sólo en estos pacientes sino en todos. Hay un mecanismo llamado reserva cognitiva que no es más que que las personas con un mayor nivel educacional, un mayor nivel intelectual o un mayor ejercicio del mismo toleran mejor (sobre todo en fases iniciales) el deterioro cognitivo. Cuanto mejor entrenado haya estado el cerebro, cuanto mayor sea el número de conexiones neuronales y habilidades intelectuales se hayan desarrollado a lo largo de tu vida, en el momento de aparecer un déficit puedes responder mejor o durante más tiempo en comparación con el que no ha hecho nada de eso".
De la misma opinión se muestra Purificación de Castro, neurológa de la Clínica Universidad de Navarra: "La hipótesis del trabajo de Sumowski es por tanto válida y muy interesante. Ha sido aplicada sobre todo en enfermos de Alzheimer y es uno de los objetivos de los centros de día, lograr que los pacientes estén convenientemente estimulados. En el campo de la esclerosis múltiple se ha trabajado menos, pero por analogía, se ha empezado a aplicar y en algunas de las unidades de esclerosis múltiple hay programas de estimulación cognitiva para los pacientes afectados intelectualmente".
Y aconseja: "Evidentemente, no todos los enfermos de EM van a tener problemas cognitivos, pero resulta muy apropiado plantear en los primeros años del diagnóstico, a personas muy jóvenes y sin problemas cognitivos, la conveniencia de desarrollar un estilo de vida en el que hábitos como la lectura, resolución de problemas, actividades sociales creativas, tengan un papel predominante junto a una actitud mental positiva y esperanzada, sabiendo que pueden hacer algo para 'defenderse' de alguno de los riesgos de su enfermedad.
servido por daion
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