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La Coctelera

MEDICINA PARA TODO EL MUNDO

Vive y deja vivir

Categoría: Psicología

15 Julio 2010

Y si la muerte de ese ser querido fue por suicidio...¿cómo seguir viviendo?

 

La muerte por suicidio deja tras de sí muchas preguntas: ¿por qué lo hizo? ¿Podíamos haberlo evitado? ... Por más que lo intentas, no consigues entender las razones que le llevaron a quitarse la vida. Procura no atormentarte demasiado buscando el porqué, y con el tiempo algunas respuestas irán saliendo a la luz.  

 

Es frecuente también un sentimiento de vergüenza, que lleva a no querer hablar de las circunstancias de la muerte. Algunas personas necesitan mucho tiempo solamente para pronunciar la palabra suicidio. Seguramente te invade también un sentimiento de culpabilidad. Te puedes sentir mal por algo que dijiste o hiciste. La sensación de culpa es algo perfectamente normal después de una muerte de estas características. Uno se reprocha el no haberse dado cuenta de lo mal que estaba... y suele quedar una fuerte sensación de no haber sabido cuidarle. Piensa que con el tiempo, pasarás simplemente a lamentar algunas cosas del pasado, y que llegará el día, en que sólo quede un sentimiento de impotencia ante la muerte.

Después del suicidio de un ser querido, puede ser natural sentir mucha rabia y enfado hacia la persona que te abandonó (¡Cómo has podido hacerme esto!), hacia Dios que no hizo nada por impedirlo,  y hacia todos los que han podido contribuir directa o indirectamente en la realización de esta acción desesperada. La rabia es un sentimiento pasajero, y como tal, irá disminuyendo. Mientras tanto, busca formas positivas de canalizar tu cólera, sin autocastigarte y sin herir inútilmente a otras personas.  

Si tu ser querido era una persona depresiva o había realizado varios intentos de suicidio es muy natural que se den a un mismo tiempo sentimientos aparentemente contradictorios: por un lado una gran tristeza por su pérdida, pero también un gran alivio porque todo ha terminado; ya no habrá que preocuparse más porque lo peor, lo más temido ya ha pasado. Convivir durante años con una persona que sufre así es muy doloroso para todos.

Recuerda que no pudiste elegir por él o por ella, y que la decisión del suicidio fue enteramente suya. Acepta también que a pesar de lo que hayas podido decirle, tus palabras no han tenido nada que ver con su decisión.

A medida que la tormenta de emociones vaya calmándose, surgirá poco a poco la aceptación. Date tiempo para llegar allí, un duelo por suicidio necesita más tiempo para sanar. Se paciente contigo mismo y verás el día que aceptes su elección.

Si sientes deseos de quitarte la vida, no esperes, y antes de que puedas hacer algo irreversible, acude a un profesional que te ayude a buscar alternativas y a utilizar todos tus recursos personales para salir adelante.

El sufrimiento puede enseñar a dar un nuevo sentido a la vida, a cambiar tus valores y tus prioridades. Quizás ahora te parezca imposible, pero irás encontrándote mejor, serás capaz de perdonar, y llegara un día en que podrás decir que la vida continua y que te sientes feliz por estar vivo.  

En duelo después de un suicidio 

Como seres humanos nos cuesta aceptar que somos mortales, y cada vez que la muerte nos golpea, parece como si fuera la primera vez. Cada duelo es único. No hay jerarquías en el mundo del dolor. Cada uno vive su duelo a su manera.

El proceso dependerá de las relaciones afectivas previas con el difunto, de las circunstancias de la muerte y de la forma de ser del que se queda. Dependiendo de cada caso, el "trabajo de duelo" que es necesario realizar será más o menos difícil, más o menos largo. Cuando se trata de un suicidio, se ponen en juego determinadas circunstancias que pueden llevar a la persona en duelo hacia dificultades particulares.

La muerte parece que ha hecho trampa: se ha llevado a alguien a quien todavía no le había llegado la hora. Se trata de una muerte para la cual uno generalmente no se ha podido preparar y en la que el propio fallecido es el autor.  El suicidio se vive como una trasgresión de las leyes naturales, una trasgresión estigmatizada desde antiguo por la sociedad, las leyes y las religiones.

La persona en duelo se va a ver inmersa en una situación especialmente agotadora. Agotadora porque no comprende, porque duda incluso que haya podido ser así, porque se rebela contra Dios o contra el destino, contra el hecho mismo del suicidio. Agotadora porque se siente culpable "si lo hubiera sabido, si me hubiera dando cuenta, si...si...si...". Se  puede sentir también asediada en cualquier momento por las imágenes traumáticas de la muerte. Quizás no encuentre tampoco en su entorno la ayuda que hubiera recibido de tratarse de una muerte por accidente o enfermedad.

El suicidio de un ser querido provoca un estado de shock emocional, especialmente si no existía ningún indicio de que pudiera ocurrir. Este estado puede durar horas, días, incluso más tiempo. No es posible por el momento asimilar todo el dolor, toda la carga de emociones. Esta muerte tan repentina, tan dramática, tan violenta sumerge durante un tiempo en un estado de intensa perturbación a todas las personas cercanas al fallecido.

El suicidio es vivido como un autentico seísmo. Pero pasado esos primeros momentos, estas reacciones perfectamente naturales y compresibles, darán paso al trabajo de duelo, un tiempo largo y doloroso, pero también necesario.

Todo suicidio tiene su parte de misterio. Para comprender a la persona que se ha suicidado tendríamos que ser ella. Y ni siquiera en ese caso, ya que ni ella misma sería seguramente consciente de la causa profunda, incluso secreta de su sufrimiento.

Todo lo que podemos decir es que se ha suicidado porque estaba en un estado de sufrimiento tal que la vida se había vuelto intolerable. Para poner fin al sufrimiento, para que éste cesara, no encontró otra solución que quitarse la vida.

Querer comprender más allá, solo sirve para torturarse, es hacerse preguntas que corren el riesgo de no encontrar jamás una respuesta. La crisis suicida puede tener varios significados; obedece a varias causas, es evolutiva y se vive en lo más íntimo de la persona.

Admitir que la persona que se ha suicidado se ha llevado con ella su parte del misterio, y que más que juzgarla, se trata de esforzarse en aceptar que no podremos nunca comprenderlo todo.

Poder mantener hacia ella nuestro aprecio y nuestro amor es superar ya una etapa, y es una señal de que el duelo evoluciona adecuadamente.

Si después de la muerte de un ser querido es frecuente sentir deseos de reunirnos con él, en caso de suicidio esto es particularmente cierto.  La persona en duelo está en un estado de gran sufrimiento. El que ha muerto nos ha indicado con su conducta que existe una "puerta de salida" a la angustia. Nos ha mostrado de alguna manera un ejemplo que podemos estar tentados de seguir.

Es frecuente encontrar en uno mismo semejanzas con la persona fallecida; tenemos tendencia a identificarnos con ella: "nos parecemos tanto". Hemos podido estar tan unidos a esa persona, que pensamos que no podremos vivir sin ella. Estos sentimientos suelen ser un terreno abonado para que crezcan en nosotros ideas suicidas.

Estos deseos no tienen nada de excepcional. No tienen que asustarnos. Suele ser habitualmente una fase temporal dentro del camino del duelo que ira cediendo poco a poco con el paso del tiempo.

Después de un suicidio no nos identificamos solamente con aspectos negativos de la persona fallecida, podemos también hacer nuestros ciertos rasgos físicos y/o cualidades morales del que ya no está.  Es una de tantas maneras de conservar los recuerdos y prolongar la historia de la familia.

La primera actitud ante la muerte es el rechazo. Esta es una reacción universal y normal.

¿Podemos aceptar el suicidio? ¿Cómo no vamos a rechazarlo con todas nuestras fuerzas? Hasta muchos años después, en determinados momentos, nos puede resultar todavía difícil de creer. Pero por otro lado, es imposible negar la terrible realidad. La posibilidad del suicidio puede resultar a veces insoportable, y podemos aferrarnos a otras hipótesis, sobretodo cuando las circunstancias de la muerte nos pueden hacer pensar en un accidente o en un homicidio.

En algunas personas, el rechazo de la realidad del suicidio no cede con el tiempo, se agrava y puede llegar a  convertirse en un estado de negación permanente. El trabajo de duelo se bloquea y puede aparecer una depresión prolongada y otras complicaciones.

El rechazo y la negación hay que respetarlos entendiéndolos como signos de un gran sufrimiento. Normalmente van cediendo con el paso del tiempo.

El suicidio provoca rabia. Es normal sentirse enfadado, enfadado con el destino "es injusto morir así", enfado hacia todos aquellos que consideramos de alguna manera responsables, enfado hacia la sociedad, a veces hacia Dios "¿cómo ha podido permitir semejante tragedia?"  La rabia y el enfado pueden dirigirse también hacia el propio fallecido. El suicidio puede vivirse como una traición, como una falta de amor, como una falta de responsabilidad, como una debilidad: "Cómo ha podido hacer esto".

La rabia es una reacción habitual en el duelo después de un suicidio. Si no nos permitimos vivir hasta el final este sentimiento cuando aparece, corremos el riesgo de que surja de nuevo más adelante complicando el duelo.

La rabia suele aparecer mezclada con otros sentimientos como la pena, el amor, el apego. Por eso la persona en duelo suele buscar la manera de reprimirla, de taparla, al considerarla  "inadecuada", cuando en realidad es una emoción normal y en absoluto reprochable.

El suicidio, aunque haya habido señales previas de alerta, es vivido por los allegados como una verdadera hecatombe. Cuando un hijo se suicida, sus padres temen por sus hermanos, como si el suicidio fuera de alguna manera contagioso. El miedo a que pase otra desgracia es frecuente.

Los hijos que han perdido a sus padres por suicidio tienen a veces miedo de llegar a hacer lo mismo que ellos cuando tengan su misma edad. Cualquier duelo importante y especialmente después de un suicidio, puede menoscabar nuestra confianza en la vida y en el futuro.

Con cada dificultad que aparece, la persona en duelo suele tender a esperar lo peor. Con el paso del tiempo este miedo a vivir se va atenuando

Aunque casi todas las religiones reprueban el hecho del suicidio, ya no condenan como antes a la persona que se suicida. En oro tiempo, quitarse la vida era considerado una trasgresión de las leyes sociales y religiosas. Desde los orígenes de la humanidad el suicidio ha sido considerado como una mala muerte, creándose distintos rituales de purificación para el grupo social. 

En la Iglesia Católica, los funerales para personas que se habían suicidado están admitidos desde 1963. La justicia tampoco fue mucho más indulgente, hasta la revolución francesa se acostumbraba a infringir al cuerpo del suicidado una especie de segunda muerte. Aunque hoy en día estas costumbres han cambiado, las actitudes que había detrás han dejado su huella.

Todo esto muestra que existe un halo de vergüenza que rodea al hecho del suicidio. Esto puede contribuir a que la familia, en un entorno muy conmocionado por esta muerte, no encuentre todo el apoyo que hubiera podido necesitar. Esto solo puede contribuir a hacer el duelo más difícil si cabe.  

Afortunadamente nuestra manera de pensar va evolucionando, cada vez se habla más de lo que hasta hace poco no era más que un tabú, y la manera como nuestra sociedad mira el suicidio se va liberando poco a poco de los lastres del pasado.

Los sentimientos de culpabilidad suelen ocupar una gran parte de las vivencias de cualquier persona en duelo. Son más intensas cuando se trata de una muerte por suicidio, y todavía más intensas si cabe cuando se trata de una persona joven.

Es frecuente dejar de lado todos los buenos recuerdos, así como todo lo que hemos hecho de bueno y positivo por esa persona. Es perfectamente natural que no se nos pase por la cabeza la posibilidad del suicidio cuando una persona cercana está pasando por un mal momento, y menos todavía si no lo menciona para nada.

Solo a posteriori podremos encontrar sentido o explicación a palabras y comportamientos de la persona fallecida, que de ninguna manera hubieran podido ser interpretados de la misma manera en aquel momento.

A menudo el suicidio ocurre después de un tiempo, a veces muy largo y agotador, de dificultades de todo tipo, tanto para la persona que se suicida como para su familia y allegados. Otras veces el suicidio ocurre de manera brutal e imprevista, haciendo el duelo especialmente difícil. Las dificultades previas pueden ser muy variadas, pero en general suelen ser consecuencia de una enfermedad, frecuentemente una depresión.

El suicidio de una persona depresiva, a menudo después de varias tentativas más o menos graves, es una experiencia muy dolorosa y desgarradora, pero que suele acompañarse también de un sentimiento de al menos ahora ya no sufre más, que ya ha descansado. .

Todos los que han vivido y sufrido con él y por él tanto dolor, experimentan también un sentimiento de alivio con la muerte. Es un sentimiento generalmente difícil de aceptar en su propio corazón, y especialmente difícil de expresar delante de otros. Este sentimiento de alivio puede aumentar también la culpabilidad.

Es normal sentir alivio después de cualquier experiencia difícil. Eso no significa un menosprecio a la persona fallecida,  simplemente deja constancia de que lo vivido ha sido especialmente duro.

¿Y el dolor?. Ese dolor tan intenso, aunque es normal, resulta muy duro de llevar en el día a día. Ese cansancio y esta sensación de agotamiento se suman al propio sufrimiento por el dolor de la pérdida y constituyen lo que se llaman síntomas depresivos del duelo. En todo duelo importante hay que atravesar por esta fase depresiva. Esta suele ser más intensa y prolongada después de una muerte por suicidio.

En esta situación no es raro descuidar la propia salud, enfermarse con más facilidad, incluso tener ideas negras. Guardarse todo para uno no es la mejor solución en estos momentos. Desahógate, llora, grita ... Deja que las emocionen salgan, no las pares, que digan lo que tiene que decir, déjalas salir hasta que te vaya pudiendo el cansancio, descansa entonces.

Al luchar contra el sufrimiento solo consigues aumentarlo y prolongarlo. Es mejor no resistirse al dolor, abandonarse a él.

Después de una muerte por suicidio suele ser necesario algún tipo de ayuda para poder superar esta fase de depresión. Algún soporte profesional puede ser de gran ayuda, incluso si existe un buen apoyo de la familia, amigos, etc. En algunos casos también puede valorarse como necesario la ayuda de medicamentos.

Después del suicidio de un ser querido un doloroso sentimiento de soledad se puede ir apoderando poco a poco de nosotros.  Los más cercanos tienen tendencia a replegarse sobre ellos mismos y a vivir la enorme pena que sienten en familia, desligándose sin darse cuenta de la vida social que llevaban hasta entonces.
Otros familiares, los amigos, los vecinos no saben muy bien qué hacer, qué decir.

Sin embargo suele ser reconfortante encontrar personas que te demuestran su preocupación y su deseo de ayudarte sin ni siquiera habérselo pedido. Hasta parece que esas ocasiones todo sea más fácil.

La mayoría de las veces las personas quieren ayudar pero no saben cómo. No se atreven, tienen miedo de herirte, y terminan muchas veces por no hacer ni decir nada.  Es bueno aprender  a pedir ayuda.  Aceptar una invitación para salir y distraerse suele resultar difícil, especialmente al principio: pasar un rato agradable puede vivirse como una traición hacia la persona muerta. Pero estos encuentros nos suelen hacen bien.

El suicidio es una violencia extrema. La persona que se suicida ejerce sobre si  misma una violencia que destruye su cuerpo, maltratando su imagen, su identidad.  Inconscientemente ejerce también violencia en las personas que ama, infringiéndoles una herida profunda e imborrable.

Tenemos que vivir con esta violencia que parece se haya quedado grabada en nosotros. Si hemos encontrado el cuerpo, y especialmente si este estaba lesionado o desfigurado, nos pueden asaltar imágenes traumáticas. Estas imágenes pueden aparecer también aunque solamente nos hayan relatado lo sucedido.

Estas imágenes, que pueden aparecer igualmente en los sueños, constituyen a veces un obstáculo en la evolución del duelo. Cada vez que pensamos en la persona que se ha suicidado estas imágenes irrumpen en nuestro pensamiento y en nuestro corazón. Solamente con el paso del tiempo, y si hemos podido hablar de ello, otros pensamientos y recuerdos más felices irán sustituyendo a éstos.

Es necesario llegar a poner palabras a estas imágenes traumáticas y si es posible expresarlas a una persona de confianza para poder avanzar adecuadamente por el camino del duelo.

En este tipo de muertes el juez suele ordenar una investigación. Esto podemos vivirlo como un dolor añadido. Esta investigación permite saber con certeza las causas de la muerte, precisar las circunstancias que la rodearon y eliminar otras posibles hipótesis.

En las semanas siguientes pueden surgir muchas preguntas, a veces incluso de manera obsesiva. Se le da vueltas a lo que pasó justo antes de la muerte y pueden asaltar las dudas. El resultado de la propia investigación suele disiparlas. La presencia de la policía no es indicativa de ninguna sospecha, su labor es simplemente reunir las pruebas materiales y los testimonios que permitan conocer mejor las circunstancias personales y administrativas relacionadas con el suicidio.

El cuerpo de su ser querido tiene que ser trasladado a un servicio de medicina forense para que se le realice un examen o una autopsia. El cualquiera de los dos casos se trata de un examen médico donde prima siempre el máximo respeto al cuerpo de la persona fallecida. Estos exámenes son también necesarios para confirmar las causas de la muerte y permiten asimismo  apreciar la existencia de posibles enfermedades.

Pasadas unas semanas después del fallecimiento el médico forense podrá gracias a las pruebas realizadas responder algunas dudas.

Frecuentemente el suicidio esta rodeado de un halo de silencio. No se sienten ganas de hablar de ello y se percibe que los demás tampoco quieren que se les hable sobre lo sucedido. Y sin embargo HABLAR TE SIRVE DE DESAHOGO.¿Con QUIEN hablar, pues?

La actitud más natural sería hablar primero con la propia familia, con aquellos que sentimos más cercanos.  A veces esto no es posible, bien porque existen tensiones o conflictos anteriores, o bien porque cada uno busca de alguna manera con su silencio proteger a los demás.

Se puede hablar entonces con un amigo de confianza, alguien que pensemos que pueda escucharnos con interés y delicadeza, sin juzgarnos ni a nosotros por lo que decimos y sentimos, ni tampoco a la persona fallecida.

Podemos también hablar con un médico de confianza. El nos escuchará y podrá orientarnos, si es necesario, hacia algún especialista. También podemos hablar con un sacerdote o acompañante espiritual.
Existen también asociaciones que se dedican a escuchar, acoger y acompañar a personas que sufren la pérdida de un ser querido. Están formadas por profesionales y voluntarios especialmente preparados para escucharnos y orientarnos en el proceso de duelo.  

 No lo olvidaré nunca... pero la vida continua

En otro tiempo, el duelo y el luto venían en gran parte determinado por convencionalismos sociales. Hoy en día, las costumbres y los rituales en torno a la muerte están desapareciendo dificultando la vivencia del duelo. Esto hace que muchas familias tengan que encontrar su propio camino. Hay que dejar pues tiempo al tiempo.

La duración del trabajo interior del duelo es variable. El duelo después de un suicidio puede durar años.

Sus particularidades multiplican los obstáculos que pueden encontrarse. Se puede sufrir todavía bastante durante el segundo y tercer año, incluso más tarde, y esto no tiene nada anormal. No sería una razón suficiente para considéralo como un duelo patológico, se trataría simplemente de un duelo más difícil.

Progresivamente la carga afectiva va disminuyendo; no se olvida lo que ha ocurrido pero el tiempo va haciendo su papel. El dolor se va calmando. Ocurre lo mismo que con una herida, ésta cicatriza muy lentamente. Pero la cicatriz también queda, y puede molestar de vez en cuando. Así se explica porque a veces duele, especialmente en aniversarios y celebraciones, o simplemente cuando se mira una foto o una prenda de vestir. Pero ahora, cuando se evoca al ser querido, el dolor es más suave, es más como una nostalgia honda. 

Y se va haciendo posible volvernos de nuevo hacia la vida, iniciar poco a poco nuevas relaciones, nuevos apegos. Amar otra vez la vida no quiere decir olvidar al otro.

Conjugando los recuerdos con las realidades del momento, el presente y el futuro se enriquecen con la evocación del pasado.

 

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15 Julio 2010

La vivencia del duelo.

 

Duelo, segun el diccionario de la lengua, significa, dolor, lastima, sentimientos penosos, que son la expresión del dolor por la muerte de un ser querido o perdida de un ser amado.
Cuando se muere una persona querida sea un amigo, un familiar o un ser querido se producen intensos sentimientos de tristeza, dolor, aturdimiento, rabia y a veces hasta alivio, que son incluso contradictorios para el que los padece, generando muchas veces sentimientos de culpa.

Esto debe ser elaborado psiquicamente, como una nueva realidad aceptandolo haciendo a traves de lo que se llama el "trabajo de duelo".Hacer el trabajo de duelo consiste en llorar la muerte del ser querido, la perdida del ser amado, hablar sobre la persona que ha muerto, con la ayuda de familiares y la ayuda de conocidos, todo el tiempo que haga falta.
En esta sociedad que vivimos esta prohibido hacer el duelo por la perdida de un ser amado o muerte de un ser querido, ya que hay que vivir produciendo y haciendo cosas para seguir trabajando y consumiendo.
Pareceria que no se le deberia dar lugar a la pena, a la tristeza, al dolor, incluso a la depresion, logica por otra parte, por la muerte de un ser amado o la perdida de un ser querido.

Por eso algunas personas le dicen como ayuda al que esta de duelo porque ha perdido un ser querido "hay que ponerse las pilas", como si el ser humano fuera un muñequito sin sentimientos y sin recuerdos. "Ponerse las pilas", inmediatamente significa que hay que negar el dolor de la perdida de un ser amado y querido y por lo tanto no realizar el proceso del duelo adecuadamente. Tambien se niega el impacto que produce la muerte de un ser querido o de alguien relacionado a la persona que fallecio. Negar el limite de la vida humana, como algo inherente a la misma, impide disfrutar y cuidarnos cuando estamos bien. No tener conciencia de la propia muerte y nuestro temor a ella crea sintomas psicosomaticos, ansiedad, temores aparentemente injustificados ademas de depresion.

   

                                       Muerte de un Ser Querido - Perdida de un Ser Querido

Cuando muere un familiar o un ser querido y no se realiza el trabajo de duelo, la persona despues de trascurrido un tiempo de la perdida del ser querido, puede empezar a padecer enfermedades psicosomaticas o se incrementan sintomas de enfermedades pre-existentes, como artrosis, hipertension, trastornos alimenticios, como obesidad, anorexia, etc.
A nivel psicologico puede a parecer aun tiempo despues de la muerte de un ser querido un cuadro de ansiedad, angustia, insomnio incluso depresion.
En el ambito familiar pueden aparecer o agravarse problemas de la pareja o la familia, produciendose separaciones y divorcios ya que se ha alterado el equilibrio del sistema familiar y el dolor que se experimenta por la perdida del ser querido, es vivido de una manera trastocada como hostilidad y agresion.
Tambien la tristeza o depresion que no se siente concientemente por la muerte de un ser amado puede llevar a la busqueda de situaciones diferentes como infidelidad, alcoholismo o drogadiccion, para olvidar el trauma sufrido.
Otra consecuencia familiar negativa es el maltrato hacia los hijos o la pareja atribuyendoles la culpa de lo que le sucede al sujeto.
Tambien el dolor no expresado por una muerte significativa de un ser amado y querido se puede manifestar en problemas laborales, ya que la persona esta deprimida o sin fuerzas y lo atribuye a la supuesta monotonia de su trabajo, no cumpliendo o manifestando rebeldia ante situaciones que nunca fueron conflictivas.
Tambien respecto a sus amistades se puede encerrar y pensar que nadie lo quiere ni lo comprende, produciendole aislamiento, tristeza, mas dolor y soledad, creandose un circulo vicioso que no se puede superar sin ayuda.
Tambien puede manifestar perdida de ganas de estudiar o de concurrir a sus actividades habituales como hacer gimnasia o cultivar sus hobys.
Todo lo anterior genera sintomas de angustia, tristeza, ansiedad, sintomas fobicos, ataques de panico, y luego depresion.

Es necesario poder expresar los sentimientos negativos, llorar, hablar del ser querido que ha muerto y de lo que compartimos con el ser querido, los recuerdos buenos y aun los dolorosos de los ultimos dias del ser amado. Si esto no se puede realizar con los familiares o el dolor es muy intenso es probable que se necesite ayuda profesional para elaborar la perdida, superar la tristeza y ademas para ser tratada la angustia, la ansiedad y superar la depresion.

  • El duelo es la expresion del dolor por la muerte de un ser querido.
  • Hacer el duelo consiste en llorar hablar sobre la muerte del ser querido con familiares y conocidos todo el tiempo que haga falta.
  • Cuando se produce la muerte un ser querido se producen intensos sentimientos de tristeza aturdimiento, rabia y a veces hasta alivio que son incluso contradictorios para el que los padece generándole muchas veces sentimientos de culpa.
  • En esta sociedad que vivimos esta prohibido hacer el duelo, ya que hay que vivir produciendo y haciendo cosas para seguir trabajando y consumiendo.

 

 

 

    

 

    

 

    

 

 

     

 

    

 

 

 

  

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15 Febrero 2010

RESILIENCIA

Avanza el estudio de la resiliencia, la capacidad de encajar adversidades y superarlas

La palabra, derivada del latín 'resilire', significa rebotar, y aplicada a la psicología es la suma de flexibilidad, resistencia, adaptación y recuperación del ser humano.

Los habitantes de países occidentales no abandonan este mundo sin antes haber afrontado, por término medio, dos serias adversidades que pusieron en peligro su integridad física o mental. Así lo cuantifican estudios epidemiológicos del último lustro. La capacidad para resistir es algo que ponemos a prueba diariamente: en el trabajo, en casa, en el barrio. La sociedad moderna, con retos y/o trampas, nos exige grandes dosis de adaptación, y que salgamos indemnes, ahora se sabe, depende de nuestro particular manejo de un fenómeno: la resiliencia.

Qué significa? Es la capacidad humana de encajar, resistir y superar las adversidades. La palabra, derivada del latín resilire, significa rebotar, y aplicada a la psicología es la suma deflexibilidad, resistencia, adaptación y recuperación del ser humano. Charles Darwin aseguraba en El origen de las especies (1859) que "no son los más fuertes de la especie los que sobreviven ni los más inteligentes. Sobreviven los más flexibles y adaptables a los cambios".

En esa dirección apunta el psiquiatra y profesor de la Universidad de Nueva York Luis Rojas Marcos en su último libro -"el que más tiempo me ha llevado"-, escrito tras ocho años de investigación: Superar la adversidad (Espasa). "Quise hacer este estudio no para saber por qué se rinden o perecen las víctimas de desgracias, sino por qué hay tantas que luchan y sobreviven", detalla el hombre que dirigió durante siete años el mapa de salud de Nueva York. Unas sociedades fomentan la resilencia más que otras. "En EE.UU. se glorifica más que en España la capacidad del individuo de luchar contra adversidades y sufrimiento y en España, en cambio, se tiene más apoyo familiar, resignación y creencia en fuerzas mayores".

Los seis pilares de la resiliencia.
Los expertos han identificado seis rasgos identificativos de las personas con más resiliencia: tienen conexiones afectivas ("la mayoría de los supervivientes de desgracias dicen que una clave para sobrevivir fue pensar en una persona a la que se sienten unidos"), funciones ejecutivas ("la introspección, el autocontrol, la energía para tomar decisiones ayudan a no tirar la toalla"), centro de control interno ("sentir que controlas tu vida y no depositas esperanzas sólo en la suerte, fuerzas espirituales o terceras personas").

autoestima, pensamiento positivo ("no incompatible con la capacidad de evaluar ventajas e inconvenientes") y motivos para vivir ("se alimentan de pasiones, no de instintos").

Razones para continuar.
Los cuatro motivos más frecuentes para querer vivir, según estudios de varias universidades estadounidenses y europeas, son: experimentar el amor en sus diversas facetas, tener una misión o deber moral, la determinación de no rendirse ante la adversidad y el propio miedo a la muerte. Nadie se libra de las desgracias. Algunas son previsibles, como la pérdida de seres queridos; otras, insospechadas, como un desastre natural, y son estas últimas las que suelen plantear un reto emocional mayor. Con ellas hay más resiliencia porque no existe el sentimiento de culpa. Lo que más acrecienta el estrés es la incertidumbre futura, especialmente en nuestra época. Para luchar contra ella los estudios americanos y europeos proponen la misma solución: creer que el azar no es un enemigo. El destino, los malos caprichos -como les llamaba Voltaire- de la suerte nos pueden ayudar a conseguir metas en las que ni siquiera pensamos.

 Las mujeres, más resiliencia. ¿Existe una lectura de género de la resiliencia? Parece que también. En todas las etapas de la vida, más hombres que mujeres mueren prematuramente en situaciones estresantes o traumáticas. "La mujer tiene más capacidad de superación, y el hombre tiende a exponerse más a situaciones de peligro. Ellas, más partidarias de conciliar y protegidas por el efecto reductor del colesterol de los estrógenos , suelen perecer más tarde. Viven siete años más que ellos". Y otro dato: aunque la ansiedad y la depresión se diagnostican más en mujeres, tres veces más hombres que mujeres se quitan la vida. ¿Razones? Según el estudio, "ellos son más impulsivos, menos tolerantes al sufrimiento crónico y más reacios a buscar ayuda profesional".Aunque la genética también favorece la tendencia a la resiliencia, Rojas Marcos concluye con una reflexión extraída de sus casos clínicos: "La inmensa mayoría de los humanos no sólo no tiramos la toalla, sino que celebramos la vida hasta el final. Al afrontar adversidades, lo más común es superarlas".

 

ORÍGENES (donde yo empecé a oir el término resiliencia...)  

El neurólogo, psiquiatra y psicoanalista Boris Cyrulnik, nacido en Burdeos, Francia, en 1937, es una de las mayores autoridades mundiales en el estudio de los traumas infantiles. Profesor de la Universidad de Var, responsable en el Hospital de Tolón de un grupo de investigación en etología clínica –ciencia del comportamiento que, en lo que hace al humano, lo cuenta entre sus fundadores–, Cyrulnik ha trascendido el ámbito académico y sus libros alcanzan difusión mundial (de Los patitos feos se han vendido centenares de miles de ejemplares).

El eje de su trabajo es el concepto de resiliencia, que expresa la capacidad de resistencia al sufrimiento y de superación de los traumas psíquicos por parte de los seres humanos, una cualidad que él mismo puso en juego cuando, a los seis años de edad, logró huir del campo de concentración nazi en el que pereció toda su familia y debió enfrentar después duras experiencias en su tránsito por diversos orfanatos.

Tomó el término de la psicóloga estadounidense Emmy Werner, que lo utilizó de manera metafórica en un artículo que publicó en 1982, titulado "Niño vulnerable pero no vencido". Ella siguió a doscientos niños de Hawai sin familia, sin escuela, víctimas de agresiones sexuales y extremadamente pobres. Treinta años después comprobó que el veintiocho por ciento de ellos habían aprendido a leer sin escuela, tenían un oficio y familia. No habían muerto, no eran criminales, no eran neuróticos ni padres maltratadores. Entonces dijo: tienen algo que enseñarnos, es la resiliencia

La resiliencia es la capacidad de una persona o grupo para seguir proyectándose en el futuro a pesar de acontecimientos desestabilizadores, de condiciones de vida difíciles y de traumas a veces graves. La resiliencia se sitúa en una corriente de psicología positiva y dinámica de fomento de la salud mental y parece una realidad confirmada por el testimonio de muchísimas personas que, aún habiendo vivido una situación traumática, han conseguido encajarla y seguir desenvolviéndose y viviendo, incluso, en un nivel superior, como si el trauma vivido y asumido hubiera desarrollado en ellos recursos latentes e insospechados. Aunque durante mucho tiempo las respuestas de resiliencia han sido consideradas como inusuales e incluso patológicas por los expertos, la literatura científica actual demuestra de forma contundente que la resiliencia es una respuesta común y su aparición no indica patología, sino un ajuste saludable a la adversidad.

 En la visión de Cyrulnik la resiliencia significa un mensaje de esperanza "porque en psicología nos habían enseñado que las personas quedaban formadas a partir de los cinco años. Los niños mayores de esa edad que tenían problemas eran abandonados a su suerte, se les desahuciaba y, efectivamente, estaban perdidos. Ahora las cosas han cambiado: sabemos que un niño maltratado puede sobrevivir sin traumas si no se le culpabiliza y se le presta apoyo". La historia explica el presente pero nunca cierra el futuro.

Pilares de la resiliencia: a partir de esta constatación se trató de buscar los factores que resultan protectores para los seres humanos, más allá de los efectos negativos de la adversidad, tratando de estimularlos una vez que fueran detectados. Así se describieron los siguientes:

Autoestima consistente. Es la base de los demás pilares y es el fruto del cuidado afectivo consecuente del niño o adolescente por un adulto significativo, "suficientemente" bueno y capaz de dar una respuesta sensible.

Introspección. Es el arte de preguntarse a sí mismo y darse una respuesta honesta. Depende de la solidez de la autoestima que se desarrolla a partir del reconocimiento del otro. De allí la posibilidad de cooptación de los jóvenes por grupos de adictos o delincuentes, con el fin de obtener ese reconocimiento.

Independencia. Se definió como el saber fijar límites entre uno mismo y el medio con problemas; la capacidad de mantener distancia emocional y física sin caer en el aislamiento. Depende del principio de realidad que permite juzgar una situación con prescindencia de los deseos del sujeto. Los casos de abusos ponen en juego esta capacidad.

Capacidad de relacionarse. Es decir, la habilidad para establecer lazos e intimidad con otras personas, para balancear la propia necesidad de afecto con la actitud de brindarse a otros. Una autoestima baja o exageradamente alta producen aislamiento: si es baja por autoexclusión vergonzante y si es demasiado alta puede generar rechazo por la soberbia que se supone.

Iniciativa. El gusto de exigirse y ponerse a prueba en tareas progresivamente más exigentes.

Humor. Encontrar lo cómico en la propia tragedia. Permite ahorrarse sentimientos negativos aunque sea transitoriamente y soportar situaciones adversas.

Creatividad. La capacidad de crear orden, belleza y finalidad a partir del caos y el desorden. Fruto de la capacidad de reflexión, se desarrolla a partir del juego en la infancia.

Moralidad. Entendida ésta como la consecuencia para extender el deseo personal de bienestar a todos los semejantes y la capacidad de comprometerse con valores. Es la base del buen trato hacia los otros.

Capacidad de pensamiento crítico. Es un pilar de segundo grado, fruto de las combinación de todos los otros y que permite analizar críticamente las causas y responsabilidades de la adversidad que se sufre, cuando es la sociedad en su conjunto la adversidad que se enfrenta. Y se propone modos de enfrentarlas y cambiarlas. A esto se llega a partir de criticar el concepto de adaptación positiva o falta de desajustes que en la literatura anglosajona se piensa como un rasgo de resiliencia del sujeto

El Dr. Cyrulnik es Director de Enseñanza de la Universidad de Toulon, Francia. Neuropsiquiatra, psicoanalista, etólogo francés y uno de los mayores exponentes en el mundo de la teoría y práctica de la Resiliencia.

 

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15 Febrero 2010

DSM V

La psiquiatría incorpora nuevas enfermedades, como el atracón, y rechaza otras

La guía propone incluir como enfermedad la adicción al juego y, de momento, rechaza internet

Ya no habrá más diagnósticos de síndrome de Asperger, sino de un subtipo de autismo; los niños con excesivas e intensas rabietas y cambios de humor repentinos podrían sufrir una nueva enfermedad: trastorno de desregulación del temperamento con disforia; y la adicción a internet no se considerará un trastorno mental, a diferencia de la adicción al juego o los atracones compulsivos. Estas son algunas de las propuestas que la biblia de la psiquiatría ha puesto a debate público. La Academia Americana de Psiquiatría prepara una nueva edición, la quinta, de su Manual de diagnóstico y estadística de los trastornos mentales (DSM por sus siglas en inglés), una guía que médicos especialistas de todo el mundo utilizan para diferenciar lo que se considera enfermedad de lo que no, y también para aplicar tratamiento.

Algunos de los cambios propuestos

SÍNDROME DE ASPERGER
Ahora:
El DSM actual habla de este síndrome cuando una persona tiene dificultades sociales, pero altas habilidades intelectuales

Nuevo DSM: Abandona este nombre y que los síntomas se incluyan dentro de la denominación "trastornos del espectro autista"

ADICCIONES SOCIALES
Ahora: Esta categoría no se incluye en la guía de enfermedades mentales, aunque han aumentado los estudios sobre ella

Nuevo DSM: Crea esta categoría, donde sólo se incluiría un trastorno: la adicción al juego. La adicción a internet se ha desestimado

DESREGULACIÓN
Ahora:
La desregulación del comportamiento con disforia no existe como enfermedad en el cuarto

Nuevo DSM: Se introduce para dar nombre y concretar el diagnóstico y tratamiento de problemas confundidos con el trastorno bipolar

ESCALAS DE SUICIDIO
Ahora:
Las escalas de riesgo de suicidio se consideran obsoletas, así como los síntomas de riesgo de enfermedad mental

Nuevo DSM: Revisa y añade nuevas escalas para medir el riesgo que tiene una persona de suicidarse o padecer un trastorno

HIPERSEXUALIDAD
Ahora: No reconoce este trastorno, una enfermedad polémica que se conoce comúnmente como adicción al sexo

Nuevo DSM: La considera un trastorno mental, siempre que la persona presente determinados síntomas durante más de seis meses


Desde la última edición de 1994, nuevos estudios y descubrimientos han puesto en cuestión algunos diagnósticos y enfermedades mentales. Un ejemplo histórico de la importancia del DSM es la consideración de la homosexualidad como trastorno mental. No fue hasta la tercera edición, en la década de 1980, que esta condición dejó de tratarse como enfermedad por la medicina. El borrador de la quinta DSM propone, por ejemplo, que dentro de los trastornos del comportamiento se incluya la nueva enfermedad de desregulación del temperamento con disforia. Según la academia, así se podrá diferenciar mejor a los niños que padecen trastorno bipolar de los que tienen otro problema.

El diagnóstico del trastorno bipolar en menores es muy polémico. Básicamente, sólo se controla con medicamentos antipsicóticos que pueden provocar efectos secundarios importantes, incluidos cambios en el metabolismo. Parte de los psiquiatras cree que se ha estado diagnosticando a niños como bipolares cuando en realidad su enfermedad era otra. Varios estudios avalan esta hipótesis, explica José Manuel Menchón, jefe de la unidad de psiquiatría del hospital de Bellvitge. Por ejemplo, se ha descubierto que, en muchos niños diagnosticados con trastorno bipolar, los síntomas de la enfermedad desaparecían al llegar a la edad adulta, cuando este trastorno es de por vida. Además, el trastorno bipolar en adultos se da de forma casi proporcional en hombres y mujeres, mientras que en el caso de los menores se diagnostica básicamente en chicos. "Esto hace pensar que se trata de enfermedades distintas", indica Menchón.

El nuevo DSM también reconoce otros trastornos hasta ahora en la frontera de la enfermedad mental. Uno de ellos es el trastorno por atracón, que se daría cuando una persona come desmesuradamente al menos una vez a la semana durante tres meses seguidos y se siente mal por ello -al contrario de la bulimia, la persona no se somete a purgas-. En el caso de las adicciones sociales, la nueva guía propone incluir sólo la adicción al juego. En cuanto a la adicción a internet, se ha considerado que todavía se necesitan más estudios.

Por primera vez, y debido a los avances tecnológicos, la Academia Americana ha colgado en una web -www. dsm5.org- el borrador para que médicos de todo el mundo y la sociedad civil en general hagan sus aportaciones. Trece comités de expertos divididos por áreas discutirán los cambios, y en el año 2013 se publicará la versión definitiva. Aun así, el DSM no es la única guía de las enfermedades mentales -que deben adecuarse a la particularidad de cada país- la OMS también tiene la suya.

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26 Septiembre 2009

Guía de apoyo psicológico para enfermedades raras (FEDER)

GUÍA DE APOYO PSICOLÓGICO PARA ENFERMEDADES RARAS
// fecha de publicación 21/09/2009 6:00:00
 
   

La Federación Española de Enfermedades Raras (FEDER), en colaboración con la División biotecnológica de la compañía químico-farmacéutica alemana Merck, ha publicado reicientemente la primera Guía de Apoyo Psicológico para Enfermedades Raras. La guía está dirigida a afectados y familiares, así como a los profesionales de la salud o voluntarios que atienden a este colectivo, proporcionando material muy valioso en la intervención con estas familias.

 

El término Enfermedades Raras hace referencia a un grupo diverso de enfermedades, la mayoría de base genérica y de baja prevalencia, que se definen en el contexto de la Unión Europea como aquellas que, además de ocasionar peligro de muerte o invalidez crónica, afectan a menos de un paciente por cada 2.000 habitantes.

 

Dado que actualmente han sido catalogadas como raras entre 5.000 y 8.000 enfermedades diferentes, el conjunto de afectados por esta condición es muy elevado. Se estima que el total de afectados por patologías raras (llamadas también "huérfanas") ronda los 3 millones en España y los 27 millones en Europa.

 

El diagnóstico de una Enfermedad Rara (ER) supone un grave impacto para la familia debido a los condicionantes que guían este tipo de dolencias, ya que suelen tratarse de enfermedades muy graves, sin tratamiento específico y donde el grado de incertidumbre o desconocimiento, tanto para el afectado como para los familiares, suele ser muy elevado. Este diagnóstico (a menudo ligado a un largo peregrinaje por diferentes especialistas) supone un cambio importante para la dinámica familiar, por lo que la guía pretende facilitar este proceso de adaptación y minimizar el impacto emocional, con el objetivo de mejorar la calidad de vida y reducir las posibles secuelas a nivel psicológico entre los afectados (depresión, trastornos de ansiedad, problemas de sueño, pérdida de autoestima, etc.).

 

El manual, elaborado por psicólogos especialistas en este campo, plantea distintos niveles de atención en apoyo psicológico en ER en función de la complejidad de las necesidades del afectado y sus familiares. A través de los diferentes capítulos se definen las ER y su contexto, así como las necesidades psicosociales y sanitarias que presentan estos afectados y sus familiares. También se proporcionan claves para reconocer las diferentes fases del proceso de adaptación por las que pasa el enfermo y su familia; así como las actitudes que son más adecuadas para afrontar estas fases y poder llevar a cabo este proceso de manera constructiva.

 

La guía aborda el problema del estrés como factor de riesgo para la aparición de complicaciones médicas asociadas a la enfermedad y conflictos familiares, y proporciona pautas de manejo del estrés y herramientas para mejorar la comunicación con el afectado y su familia. Por último, se detallan los diferentes servicios de atención psicológica que proporciona FEDER.

 

Se puede descargar la Guía a través de la página Web de FEDER, pinchando en el siguiente enlace:

Guía de Apoyo Psicológico para Enfermedades Raras

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26 Agosto 2008

SÍNDROME POSTVACACIONES


El 35% de la población padece el síndrome postvacacional

Los psicólogos del ISEP aseguran que este año el síndrome postvacacional se verá agravado por la crisis económica, causando una mayor incapacidad de adaptación al ritmo cotidiano

Madrid, 26 agosto 2008 (mpg/AZprensa.com)

Irritabilidad, tristeza, apatía, cansancio, ansiedad y falta de concentración, entre otros, son algunos de los problemas que padece el 35% de la población cuando retoma el trabajo después de las vacaciones de verano, según un estudio realizado por el Instituto Superior de Estudios Psicológicos (ISEP).

Los psicólogos del ISEP aseguran, además, que este año el síndrome postvacacional se verá agravado por la crisis económica, causando una mayor incapacidad de adaptación al ritmo cotidiano. Por ello, las familias que hayan reducido sus vacaciones o hayan gastado más de la cuenta se verán frustradas por no haber hecho todo lo que tenían previsto o, en en el caso contrario, verán que los gastos son tan altos que no pueden cubrirlos.

Según los psicólogos, se puede evitar el síndrome postvacacional si se reparten las vacaciones en diferentes periodos, se intenta seguir con las rutinas diarias, se disfuta de unos días de descanso en casa, días antes de empezar a trabajar, y no se gasta más de la cuenta.


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25 Agosto 2008

FALSOS MITOS sobre el SUICIDIO


“El suicidio y la urgencia” ha sido el tema sobre el que ha versado el taller dirigido por José Guimón, médico psiquiatra de Avances Médicos, S.A. (AMSA) dentro de los cursos de formación organizados por la Fundación de Estudios Sanitarios-Osasun Ikaskuntza Fundazioa, en el mes de marzo de 2007.

“El suicidio es una eventualidad angustiosa y dura pero relativamente frecuente”. La frase corresponde a José Guimón, médico psiquiatra de Avances Médicos, S.A. (AMSA) y coordinador de este curso de formación. Guimón asienta esta sentencia en datos sólidos, reales. “Hasta un diez por ciento de la población tiene ideas muy repetidas de suicidio. Esto significa que todos ellos lo intenten pero sí que la tendencia está ahí, latente. En realidad sólo una pequeña parte llega a la tentativa de suicidio”.

¿Pequeña? Quizás no tanto. Recuerda Guimón que “la OMS habla de una media de 190 tentativas de suicidio por cada 100.000 habitantes y de una consumación de 15 de ellos” aunque los números fluctúan. “Por ejemplo, en EE.UU. lo logran 12 de cada 100.000 mientras que en algunos países nórdicos esa consumación alcanza a los cien suicidas”.

El médico psiquiatra de Avances Médicos S.A. (AMSA) puntualiza que “las tentativas son más frecuentes en mujeres que en hombres, si bien es el género masculino quien tiene más “éxito” a la hora de consumar la acción”. La estadística aclara que la franja de edad de mujeres que va entre los 15 y los 24 años y de hombres entre los 25 y los 34 años recogen el mayor índice de primeros intentos”. La literatura científica recoge algunos otros datos de relevancia. “Por ejemplo, los judíos y los católicos intentan suicidarse menos que los protestantes. ¿Por qué? Quizás por una forma de ver la vida distinta debido a su cultura religiosa”.

Desde la consideración de que “la inmensa mayoría de quienes intentan suicidarse acaban siendo tratados en hospitales generales por médicos de Atención Primaria”, Guimón apunta una serie de parámetros que han de tenerse en cuenta para su tratamiento de urgencia. “En primer lugar, claro está, salvarle la vida al paciente. Curarle la herida, reanimarle, hacerle un lavado de estómago… ¡Lo que sea! Hay que considerar que el 80% de quienes intentan suicidarse escogen la vía de la intoxicación por medicamentos, quizás porque resulte la fórmula menos violenta de todas”.

Una vez estabilizado el paciente, “surge el debate sobre si ha de ser ingresado o no. Es una decisión que genera controversia porque en muchas ocasiones la familia o el propio paciente no quieren contemplar esta posibilidad. La realidad de los números, no obstante, la recomienda. Basta recordar que hasta un mes después de un intento de suicidio el riesgo de repetición es elevado, en torno al cuarenta por ciento”.

En el caso de que un paciente sea ingresado, el camino recomendado por José Guimón es “el tratamiento terapéutico de la ansiedad con ansiolíticos, el diálogo con el paciente con el fin de ganarse su confianza y hacerle hablar de sus problemas con franqueza, sin menosprecio de los mismos y sin exageración con el fin de alcanzar una empatía que le permita hacerle ver que la situación no es tan desesperada”.

Mitos falsos sobre el suicidio

Entiende José Guimón que la sociedad, “e incluso la propia comunidad de los médicos en ocasiones, maneja una serie de mitos falsos sobre el suicido. Se usa mucho la frase de “perro ladrador, poco mordedor” en referencia a quien anuncia de manera reiterada que se va a suicidar no lo intentará jamás. Eso es falso. Es más, quienes lo anuncian tanto lo acaban intentando siempre, tarde o temprano”.

No es el único punto a tener en cuenta. “Existen también la corriente que apunta a que algunos suicidas buscan llamar la atención, manipulan y manejan a su entorno para que éste les haga caso. Hay que tener mucho cuidado con estas cuestiones. Es cierto que en ocasiones puede darse algún episodio de este tipo, pero no lo es menos que también intentan suicidarse y que, en un porcentaje, lo consiguen”.

Un tercer mito a derribar es el que insinúa que “hablar directamente del suicidio es perjudicial para el paciente. Hay que preguntarle con franqueza y de manera abierta si se quiere suicidar o no, porque quienes dan respuesta afirmativa a estas pregunta tarde o temprano lo intentan”.

Por el contrario, la teoría de que algunas conductas suicidas son hereditarias no pertenece al mundo de los mitos sino de las realidades. “Existen algunas enfermedades depresivas y esquizofrénicas en las que se detectan niveles bajos de serotonina, una sustancia que está relacionada con las tendencias suicidas y cuya ausencia predispone al mismo. En el caso, sobre todo, del trastorno bipolar (enfermedad hereditaria), estos niveles bajos se acucian en la fase depresiva y eso hace que se hayan detectado cuadros de familias con numerosos antecedentes suicidas”.

Por todo ello, el psiquiatra de AMSA recomienda a los médicos de Atención Primaria “tener en cuenta una serie de factores de predicción que pueden servir de alerta para prevenir la repetición del intento. Así, una edad superior a los 48 años, el alcoholismo, cuadros irritables o de cólera, intentos de suicidio en épocas anteriores, depresiones largas y crónicas, antecedentes de hospitalización psiquiátrica, pérdida reciente de un familiar o un ser querido, padecimientos de enfermedades graves e irreversibles que anuncian dolor, desempleo o jubilación recientes o desgarros sentimentales son cuestiones que han de valorarse como posibles desencadenantes de un nuevo intento”.

La teoría de la muerte digna

Guimón maneja una teoría particular sobre hasta dónde ha de intervenir el médico ante una persona que se quiere suicidar. “Si un individuo no tiene trastorno psiquiátrico alguno y está sano mentalmente, el médico no ha de intentar convencerle de lo contrario al tratarse de una decisión personal, independientemente de la religión que profese casa uno. Existen algunos precedentes al respecto y en Suecia, por ejemplo, la legislación permite la proliferación de los pisos protegidos “Exit” en los que fomenta el derecho a una muerte digna. En España, Salvador Pániker ha fundado una Asociación Nacional para el Derecho a una Muerte Digna con el fin de conseguir que las leyes estatales también contemplen esta posibilidad”.

“Otro caso”, puntualiza el psiquiatra, “es que se trate de un enfermo mental o de una persona hipocondríaca. Entonces la obligación del médico es la de corregir por todos los medios el desarreglo psiquiátrico porque, una vez controlado, la tendencia suicida desaparece”.

Otra de las cuestiones colaterales al suicidio afecta a “cómo tratar con los familiares de una persona que ha suicidado. A menudo arraigan en ellos sentimientos de depresión, ansiedad, culpabilidad o vergüenza (en ocasiones todos junto) que han de controlarse, haciéndoles ver que la decisión de un individuo no atañe a su personalidad”.

EL DIEZ POR CIENTO DE LA POBLACIÓN TIENE IDEAS REPETIDAS DE SUICIDIO

· La Organización Mundial de la salud (OMS) estima que 190 de cada 100.000 personas hacen al menos una tentativa de suicidio a lo largo de su vida; quince de ellas lo consuman.

· El porcentaje de mujeres que lo intentan es superior al de los hombres. Sin embargo, éstos logran el objetivo con mayor frecuencia.

· El riesgo de que se intente repetir un suicidio es elevado. Hasta un 40% de las personas que lo han intentado reinciden durante el siguiente mes.

· Judíos y católicos tienen menos índice de suicidio que los protestantes

· El 80% de los intentos de suicidio se realizan mediante el consumo de sustancias medicamentosas con el fin de hallar la muerte por intoxicación.

· Existen mitos falsos como el del “perro ladrador poco mordedor”. Quien anuncia que quiere suicidarse acabará intentándolo.

· Los médicos de Atención primaria deben valorar factores de predicción y establecer un contacto de empatía con el suicida que ingresa en urgencias


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11 Febrero 2008

DEPRESIÓN

Depresión: no bajar nunca la guardia

El médico de atención primaria debe asegurar una 'alianza terapéutica' con el paciente para que acuda a la consulta y tome la medicación prescrita
La mejoría de la depresión puede ser un arma de doble filo. Denota cuándo un paciente se está recuperando de esta grave enfermedad mental, pero también es el momento en que los afectados con ideaciones suicidas tratan de atentar contra su propia vida. Los médicos de atención primaria deben intentar descubrirlos en su consulta y orientarlos para evitar estas muertes prematuras.

  • Autor: CLARA BASSI |
  • Fecha de publicación: 8 de febrero de 2008


(Imagen: Georgios M. W.)

La depresión afecta entre un 10% y un 15% de la población mundial, al menos una vez a lo largo de su vida, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Esto significa que el número de personas deprimidas alcanzaría los cuatro millones de personas, lo que implica que el número de psiquiatras y psicólogos es insuficiente para atender esta enfermedad mental. Por fortuna, los médicos de atención primaria están capacitados para atenderlas y tratarlas.

Más que tristeza

La mayoría de afectados por la depresión presentan un cuadro caracterizado por el desánimo, la apatía y la tristeza profunda. En ese estado apenas reúnen fuerzas para levantarse de la cama al día siguiente. Cuando mejoran, uno de los grandes riesgos de estos pacientes -sobre todo mujeres- es que les asalten esas ideas suicidas. De hecho, curiosamente, muchos cometen tentativas de suicidio durante la etapa de recuperación, puesto que mientras dura la fase de tristeza profunda no tienen capacidad para ello, ni siquiera para planificarlo.
Sin embargo, la fase de recuperación resulta especialmente peligrosa. En ese momento los pacientes han recobrado parte de sus fuerzas, que todavía son insuficientes para afrontar la vida con optimismo pero suficientes para planear el suicidio e, incluso, intentar llevarlo a la práctica, según José Ángel Arbesu, coordinador del Grupo de Trabajo de Salud Mental de la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria, SEMERGEN, y uno de los directores científicos del programa 'Psicopíldoras formativas en Salud Mental'.
Los médicos que forman parte de este programa se han formado en dieciocho casos de enfermedades mentales que, con frecuencia, pueden encontrarse en las consultas de primaria en la vida real. El suicidio y cómo orientar a las personas con ideaciones suicidas es uno de los casos sobre los que se ha ilustrado a estos médicos de atención primaria.

El médico de atención primaria

La empatía con el enfermo es fundamental para intentar averiguar qué pacientes desarrollan ideaciones suicidas. Así, en la entrevista clínica se recomienda al médico ir de menos a más en las preguntas íntimas y partir de temas generales para luego introducir preguntas más importantes. Ésta sería una de las múltiples formas para preguntarle acerca de los pensamientos suicidas de un modo indirecto.

Si el paciente depresivo mantiene buenos vínculos familiares y sociales es posible tratarlo desde la atención primaria con la medicación pertinente

Una vez que el médico llega a la conclusión de que el paciente tiene ideaciones suicidas, debe considerar cuál es el mejor modo de abordar su atención. En los casos de mayor riesgo, puede enviarlo al hospital. Estos casos de riesgo alto se identifican gracias al conocimiento de distintos marcadores o indicadores de riesgo de suicidio: pacientes que viven solos, con pocos vínculos sociales y familiares, problemas económicos o de adicción al alcohol, entre otros.
Todo ello debe ser valorado por el médico de atención primaria. Pero, si éste descubre que el paciente tiene buenos vínculos familiares y sociales, y nunca ha hecho un intento de autolesión, es posible tratarlo en el primer nivel asistencial con la medicación pertinente. No obstante, debe asegurarse de que llega a una 'alianza terapéutica' con el paciente, es decir, conseguir que éste le prometa acudir a la consulta y tomar la medicación que se le prescriba.

Problemas del aislamiento

Cuando el paciente vive solo, tiene problemas con el alcohol, económicos o de otra índole y sufre de aislamiento social, lo adecuado es derivarlo a una unidad de salud mental para que le atiendan los profesionales competentes en estos casos. «Lo primero que debe hacer el médico de primaria es no prejuzgar al paciente, sino escucharlo, oír sus opiniones e intentar desactivar sus creencias negativas. Pero nunca juzgarlo moralmente», advierte Arbesu.
El médico de atención primaria prescribe medicación (antidepresivos y tranquilizantes) y psicoterapia, pero también procura conectar con su entorno familiar y social para que el paciente tenga vínculos y no se quede aislado. Esta conexión con el núcleo familiar y social se considera fundamental para que el afectado por la depresión evolucione bien.
No obstante, el médico debe hablar con sus familiares para dejarles claro que no deben forzar al enfermo a hacer cosas que no desea o para las que no tiene fuerzas. Es posible que la familia, con la mejor de sus voluntades, intente sacarlo de casa o promover actividades con él a las que no habría que obligarle, al menos durante la fase de tristeza, apatía y desesperanza propia de la depresión. Más adelante, sí que se puede intentar programar actividades que le ayuden a salir de la apatía.

Tópicos del suicidio

Cuando se habla de suicidio son varios los tópicos que de inmediato surgen en los diferntes ámbitos, muchos de ellos, falsos. El más extendido es que si se habla demasiado de suicidio, la población tienda a emularlo y se 'contagia', una creencia popular que es totalmente falsa, según el experto de SEMERGEN. Este especialista ha insistido en que otra creencia errónea es que el paciente depresivo profundo se suicida y el que mejora de la depresión no se suicida, cuando ocurre lo opuesto.
Aunque se tiende a decir que no se puede saber cuándo se va a suicidar un paciente y que el suicidio es imprevisible, esto no es del todo cierto. El paciente va dejando pistas elocuentes con las que se va despidiendo, como hacer el testamento. «Estos pacientes suelen acudir a las consultas y dejarnos pequeños indicios de que está pensando suicidarse, aunque los que están muy, muy deprimidos, no están capacitados para planificarlo».

INCIDENCIA


(Imagen: Marinka van Holten)

La mayoría de los pacientes con depresión tienen ideaciones suicidas, en concreto, las estadísticas revelan que lo intentan más las mujeres, aunque lo consuman más los hombres. Atentar contra la propia existencia es un acto más común en las edades medias de la vida, aunque también se percibe un riesgo elevado en las personas mayores que viven solas, con pocos vínculos familiares (por viudedad) y sociales. En Europa, el país donde se registran más suicidios es Finlandia, cuya tasa es de 37,9 por 100.000 habitantes, según datos de 2002 difundidos por la OMS.
Las tasas más altas de suicidio corresponden a los países nórdicos, mientras que las más bajas se encuentran en los países latinos y mediterráneos. Se considera una tasa baja alrededor de 5 casos por 100.000 habitantes. En España la provincia que tiene una mayor tasa de suicidio es Lugo, donde este acto se sitúa entre 15 y 30 casos por 100.000 habitantes.

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Médica amante de la vida y el voluntariado. Poco amiga de los bienes materiales y no por ello religiosa. Me gusta lo sencillo, sólo es eso...Un beso animal a mis hijos Alfredo, Pablo, Eulalia y Guillermo. José Manuel, te quiero y lo sabes.

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